Por Marco Negrón. El Universal. Hace ya unos cuantos años, cuando los locales de fast food avanzaban con prepotencia hasta el corazón de sus ciudades históricas, la milenaria cultura italiana respondió reivindicando el slow food, la alimentación no como mera necesidad biológica sino como cultura y placer humano.
Paralelamente, la civilización moderna ha sufrido del síndrome de las fast cities, las ciudades pensadas exclusivamente para la rapidez de los desplazamientos, desde las autopistas hasta los trenes subterráneos. Las utopías urbanas contemporáneas, de la Ville Radieuse a Broadacre City, se estructuraron en torno a la velocidad; Caracas fue una víctima destacada de ese síndrome, al extremo que su identidad se disputa entre el Ávila y las autopistas. El lamentable resultado han sido urbes quizá funcionales, como el fast food, pero finalmente tristes, sin alma, escasamente compatibles con lo que en definitiva es la esencia de la ciudad: la capacidad de generar nuevas ideas y valores, de renovar constantemente la cultura. Sigue leyendo
